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martes, 7 de octubre de 2014

Literatura Poemas Versos de El Talar II (Segunda parte)






UN AMANTE BRUTAL

Ella estaba segura de que vendría. Lo esperaba todos los años tras los primeros fríos. Y él regresaba. Como siempre: apasionado, vigoroso, libertino, después de haber vagabundeado durante la primavera y el verano...

Jamás le preguntó por dónde anduvo. Y qué llanos, cerros, cielos o mares había visitado. Así lo quería. Así lo aceptaba. Así lo deseaba...

Y llegó. Después de la medianoche lo escuchó acercarse. Y palpitante salió a su encuentro...

Él -fogoso y avasallante- la hizo rodar por la gramilla con un abrazo abrasador. Sus ardientes caricias le incendiaron el cuerpo y la mente. Le violentaron las ropas. Le alborotaron el pelo. Le inflamaron los labios...

Afiebrada, no durmió. Él no le dio tregua. Tras breves pausas, la empujaba en nuevas y furiosas arremetidas... Y cuando parecía que había terminado... -tornaba más vehemente que antes...!

Se fue. Al amanecer. Y ella quedó exhausta. Acabada. Con los ojos enrojecidos. La cabellera enjoyada de pastos y arenas. Los vestidos desgarrados. La piel cubierta de polvorientos rastros.

La boca reseca, candente aún...

Así eran las reglas del juego. Ella las toleraba. Es más: las admitía gustosa. Y así como amaba el cielo y la tierra; el sol y la lluvia; el rayo y el trueno, así también se entregaba a él que, tumultuoso, desenfrenado y caliente, bajaba por la quebrada de Humahuaca todos los años.

Su amante brutal: el Viento Norte.





Carlos Spadoni, escritor, docente, ambientalista mendocino, reside en Jujuy. 
Escribió 
El Engendrador de La Irrealidad;
Un Amante Brutal; 
Poemas esotéricos.






Había una vez un río



de veranos tempestuosos

turbio, espeso, caliente

Había una vez un río

con inviernos sosegados

fresco, puro, transparente

Había una vez un río

que en los estíos bramaba

-y cuando el fríorezaba

Había una vez un río

viajero y fecundador

que regresaba en las nubes

con las lluvias

con las nieves

Había una vez un río

Había una vez un hombre

que nombraba la creciente

y callaba la sequía

que se iba y que volvía

que se iba

y que se iba





Carlos Spadoni, escritor, docente, ambientalista mendocino, reside en Jujuy. 
Escribió El Engendrador de La Irrealidad, Un Amante Brutal, Poemas esotéricos. 
Especial para Pregón






LOS SURIS DE EL TALAR 



En cuantito pasó el cuatriciclo guiado por uno de los operarios de la Cuadrilla Motorizada de Capataces Anticaballos, Lázaro salió de su escondite de entre las cañas de azúcar y, cuerpo a tierra, observó la nube de polvo que se alejaba hacia el arroyo Las Chuñas. Entonces le hizo señas a Leoncio para que se acercara, pero agachado... 

Ahora, los dos changos -que se estaban haciendo la yuta- escucharon como desaparecía el ruido de la moto. Miraron detenidamente hacia todas partes... Gente no había... (y eso que sus padres y abuelos les aseguraban que hace treinta años atrás los cañaverales estaban llenecitos de personas trabajando... y de caballos... y de bueyes... y de mulas... parecía mentiras... de no creer...). 

Pero... ¡sí...! allá estaban... todavía lejos, pero, los suris que habían venidos a buscar, formando una pequeña tropita, comían entre los surcos que habían trazado los tractores el día anterior... 

¡Mirá allá están...! ¿los ves...? -dijo Lázaro. 

Ahá... -respondió Nicasio- ¡Y hay más de diez...! 

Y fijate... ¡también hay chiquitos...! 

Y bueno che, si no encontramos huevos, nos llevamos una cría, ¿meta...? 

¡Sí, claro que sí...! Mirá, les salimos de sorpresa por allá y por este otro lado y... pillamos uno cada uno...¿sí...? 

Entonces -mientras que, con el machete pelaban una caña, la señalaban en el lugar donde la iban a morder, arrancaban el trozo con los dientes y chupaban ruidosamente tan sabroso manjar- idearon un sofisticado plan para acercárseles sin ser vistos. Sin ser descubiertos ni por los suris ni por los conductores de las camionetas del ingenio Ledesma Porque ahora no permitían la presencia de intrusos entre sus cañaverales y para ello habían prohibido la caza dentro de la Finca El Talar. (Por supuesto, para cuidar sus intereses económicos y no porque se habían vuelto voluntarios de algún grupo ambientalista...) 

La manadita de ñandúes chaqueños buscaba alimentos en la tierra removida. El macho un poco más allá o más acá, vigilaba. Agachaba la cabeza, picoteaba y volvía a elevar su largo cuello para descubrir el menor indicio de algún peligro que acechara a su bandada de aves corredoras... 

Por dentro de las acequias un chango se movió más de cien metros hasta alcanzar el tupido follaje del cañaveral que aún no estaba a punto para ser cosechado. El otro hizo lo mismo pero en dirección contraria, pero al llegar a la esquina dobló y por otro canal también se llegó hasta las cañas... 

Ahora cada uno tuvo que moverse casi arrastrándose para que ninguna caña fuera tocada y advirtiera al líder del grupo de corredoras de que alguien se les estaba acercando... 

Los minutos pasaban y el avance era penoso para ambos cazadores. Para colmo no tenían manera de avisarse uno al otro dónde estaban y cuándo sería el momento oportuno para dar inicio a la persecución... (Otra cosa sería que cada uno tuviese un celular y así mandarse un mensaje de texto... ¡qué maravilla...!) 

Pero... no fue necesario continuar soñando ni arrastrándose como un caraguay porque el macho, así de enorme, algo notó... De inmediato se puso en guardia y pasó el aviso a su familia. Ahora también las mamás y los polluelos irguieron sus largos cuellos para descubrir al posible predador que... 

Y ahí gritó Lázaro: “¡Ahora Leoncio, ahora...!” 

Y cada muchachote emergió de entre las cañas. Por dos flancos diferentes. A los alaridos y con las hondas cargadas y prontas. “¡Al ataque, al ataque...!” 

- ¡Meta Leo...! 

- ¡Aguante Lázarooo...! 

Todos los suris corrieron hacia el jefe de la familia. Papá suri de inmediato tomó la única opción que le quiedaba para escapar del ataque en forma de pinzas que llevaba a cabo el enemigo: inició la corrida hacia el monte por el espacio que jamás podrían llegar a cubrir los cachorros de hombres... 

Los changos advirtieron la estrategia del Gran Ñandú y trataron de cortarle la retirada, pero los animalotes sabían lo que hacían. Además daban semejantes zancadas... 

El Suri Mayor indicó el camino y después -dejando paso a su tropilla- se colocó en la retaguardia protegiendo a las madres con polluelos que eran más lerdos... 

Los recién nacidos eran lentos aún y los changos -al parecer- les darían alcance antes de que se metieran en el monte... 

Pero el gigantesco macho les cerraba el paso... 

¡Que lo reparió...! grito Lázaro. Y agregó: ¡Meta Leoncio, con la honda, meta nomás...! 

Y, aunque iban en plena carrera, a pocos pasos del animalote, los dos hondazos dieron de lleno en el bicho y... ¡lo increíble sucedió!: ¡a los tumbos y a las patadas, rodó por el suelo...! 

Los cazadores de pichones de suris -sorprendidos por el efecto de sus hondazos- se detuvieron... Y se fueron acercando al remolino de tierra, plumas y patas que no terminaba de girar -ahora- sobre sí mismo... 

Tambaleante, el gigante se levantó, miró hacia donde escapaba su bandada... se sacudió como si le hubiera agarrado un ataque y un terremoto al mismo tiempo y... ¡cayó nuevamente dando aparatosos patadones, aletazos desesperados y profiriendo extraños sonidos jamás escuchados...! 

Atemorizados, temblorosos, los changuitos lo vieron pararse otra vez del polvaredal. Y mirar hacia donde había huido su familia... Entonces, cuando el semejante bicho vio que alcanzaban el monte y se perdían en él, ¡con un salvaje gruñido saltó sobre los desprevenidos muchachitos...! 

¡Lázaro y Leoncio recibieron una palizota de patadas, aletazos y picotones, quedando los dos hecho un solo nudo del que brotaban alaridos de miedo y dolor...! 

Satisfecho, el astuto suri aleteó victorioso, emitió una especie de loca carcajada y muy orondo se alejó dando largas zancadas: una vez más la estratagema había resultado. 














Maestro Carlos Spadoni




































Profesor: Faustto Guerrero




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